La fuerza del destino


Alerta: Espóileres.

 

El 2021 concluyó con el estreno de “Don’t Look Up”, dirigida por Adam McKay a partir del guion de David Sirota y del propio director. El 2022, por su parte, inició con el alcance que el destino dio a “Soylent Green”, de 1973, dirigida por Richard Fleischer con base en la novela de Harry Harrison, misma que está ambientada precisamente en el año 2022, con lo que se unió a otras cintas de atmósferas distópicas —como “Blade Runner” (Scott, 1982), cuya trama se desarrolla en 2019 o “Mad Max” (Miller, 1979) que lo hace en 2021— que le precedieron en su inclusión en los anales del retro-futuro.


    Basada en “verdaderos eventos posibles” —sea lo que sea que ello signifique— “Don’t Look Up” desarrolla su trama sobre los intentos de dos astrónomos para alertar a la población sobre la inminente colisión de un cometa contra la Tierra, lo que amenaza a la vida tal como la hemos conocido; tentativas que se ven constantemente reprimidas por una vorágine de decisiones políticas, económicas y mediáticas que entorpecen la libre circulación de la información y su razonada comprensión, así como la consecuente toma de acción.


    Se ha querido encontrar en tal planteamiento una metáfora de la lucha contra el cambio climático, pero, en rigor, salvo el silbido de una tetera —que es el primer sonido del film que se escucha, cuando aún la pantalla está en negro— no hay más referencia a calentamiento alguno. Puestos a identificar alegorías, podría serlo también de otros asuntos que, a pesar de su base científica, han sido cuestionados con argucias propias del anti-iluminismo, como la atención a la pandemia coronavírica. Así, el cometa es una especie de MacGuffin científico, en el sentido en que Alfred Hitchcock concibió el término.


    “Don’t Look Up” es, ante todo, una sátira. En alguna ocasión, Jorge Ibargüengoitia dijo que, a diferencia de la comedia en la que el autor simpatiza con los personajes en la sátira los odia y los presenta como piltrafa. McKay y Sirota se apegan a tal distinción; es difícil empatizar con cualquiera de los personajes, aún con aquellos que pretenden salvar a la humanidad.


    El desempeño actoral cumple, en ese sentido, dicho cometido. Vale destacar la interpretación de Jonah Hill como el jefe de gabinete e hijo de la presidente de los Estados Unidos—en clara alusión a recientes situaciones similares—, pero, sobre todo, la impecable interpretación de Mark Rylance como el empresario —y destacado patrocinador de la campaña electoral de la mandataria— quien con fingida timidez y a media voz pone de manifiesto los riesgos de la financiación privada de las elecciones.


    Por su parte, “Soylent Green” desarrolla su trama a partir de la investigación del asesinato de un importante directivo de una empresa global de alimentos, quien anteriormente habría sido socio, en una firma legal, de quien en ese momento despacha como gobernador del estado de Nueva York.


    La película cuenta con una producción modesta. A pesar de ello —o quizás por lo mismo la cinta logra transmitir el ambiente distópico en que se desarrolla la trama. Si bien, está ambientada 50 años después de su rodaje, los vehículos utilizados son de la época en que fue producida, con lo que logra un doble propósito narrativo; por un lado, se muestra la amplia brecha tecnológica imperante en esa sociedad, producto de su contrastante situación económica y, por la otra, se genera en el público una asociación directa entre los vehículos vistos y usados en su vida cotidiana y aquellos que se presentan en la pantalla; por ejemplo, en el film, la ciudad está evidentemente sucia y, sin embargo, existen camiones recolectores tal como han sido conocidos, pero no acopian residuos, recogen cadáveres.


    El desempeño actoral es igualmente modesto, con excepción de la última interpretación de Edward G. Robinson —es particularmente emotiva la secuencia de la eutanasia voluntaria estando él mismo gravemente enfermo de cáncer—, habida cuenta de la brevedad de la participación de Joseph Cotten como víctima resignada.


    En “Soylent Green” no hay metáforas ni alusiones veladas. Se menciona, por su nombre, al efecto invernadero, a pesar de ser una película rodada a principios de los años setentas del siglo pasado. Más aún, la cinta aborda diversas situaciones sociales y ambientales específicas, como el agotamiento de los recursos naturales, el deterioro de los océanos, el hacinamiento y depauperación de la población urbana, así como la pérdida de áreas verdes —en el film, Nueva York está habitada por cuarenta millones de personas y solo conserva, en confinamiento, a Gramercy Park como la única zona arbolada de la ciudad—. La producción contó, de hecho, con la asesoría técnica de Frank R. Bowerman, quien en ese momento fungía como presidente de la academia estadounidense de ingeniería ambiental.


    La película tiene, además, un elemento meramente incidental que adquirió notoriedad en tiempos pandémicos; en la emblemática secuencia en la que se utilizan camiones de carga con palas mecánicas como vehículos anti-motines, algunas de las personas en la multitud están utilizando cubrebocas, algo que en enero de 2022 se volvió habitual al cumplirse el segundo año de la declaratoria de emergencia internacional de salud pública con motivo de la pandemia coronavírica. En la fila en el centro de eutanasia voluntaria, quienes tienen cubrebocas ya no lo portan en el rostro, lo traen abatido alrededor del cuello.


    Desde cierta perspectiva, podría argüirse que “Soylent Green” termina justo donde inicia “Don’t Look Up”, ya que la primera concluye con la revelación del hallazgo que puede poner en peligro a la humanidad, que es justamente en donde inicia la segunda; sin embargo, se trata de situaciones que transitan por sendas divergentes.


    En la producción de McKay la amenaza proviene del espacio exterior por lo que la humanidad carece de responsabilidad alguna al respecto —no así de su reacción ante ello—. Tanto la secuencia final como las escenas post-créditos de “Don’t Look Up” enfatizan la irremediable fatalidad de la situación. En particular, la primera escena post-créditos —con reminiscencias de la secuencia final de “WALL·E” (Stanton, 2008), de la propuesta gráfica de “Avatar” (Cameron, 2009) y del tono satírico de “Mars Attacks!” (Burton, 1996), magnicidio incluido— deja entrever que el destino alcanza aún a quienes tienen los medios para intentar evadirlo, lo que solo les es suficiente para morir después de los demás.


    En el film de Fleischer, por el contrario, la calamidad es obra y resultado de la acción humana, lo que debiera moverla a lidiar con sus consecuencias. La secuencia final de “Soylent Green” se desarrolla en una abarrotada iglesia acondicionada como refugio y hospital —y en donde las confesiones adquieren importancia para la trama—; es ahí en donde el personaje interpretado por Charlton Heston revela el ingrediente secreto del producto alimenticio de color verde, clamando a quien le escuche para que esa información sirva de advertencia para que la humanidad evite tal destino.


    Ese destino que, ya como fuerza que actúa de manera irresistible, ya como encadenamiento fatal de sucesos, de cualquier manera nos alcanza.

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