Ciudadanos anónimos
Alerta: Espóileres.
Con “12 Angry Men” (1957) Sidney Lumet no solo entregó su opera prima, sino una de sus películas más celebradas y uno de los dramas judiciales más connotados de la historia de la cinematografía, cuya trama sigue la deliberación del jurado en un proceso por parricidio ocurrido en uno de los barrios depauperados de Nueva York.
En el inicio, todo hace presumir la culpabilidad del acusado, pero el escepticismo del jurado número ocho —interpretado por Henry Fonda— obliga, de a poco, a cada integrante del grupo a considerar el caso con mayor cautela. Conforme se desarrolla un incesante razonamiento dialéctico grupal, también se va desquebrajando la presunción de culpabilidad, hasta que solo queda un único jurado con un voto divergente —como al principio del filme— pero ahora con la mayoría decantada por la no culpabilidad.
Todo lo anterior acontece sin que en ningún momento de la deliberación se conozcan los nombres de alguno de los integrantes del jurado —solo en la secuencia final, cuando el jurado ha sido disuelto, dos de ellos se presentan mutuamente—. Este detalle pone de manifiesto a uno de los rasgos más discretos de las repúblicas democráticas; el anonimato.
Las democracias liberales requieren de cierto grado de anonimato. Probablemente el aspecto más evidente de ello sea el voto secreto; garantía de los sistemas electorales dirigida a evitar cualquier clase de coacción sobre el elector. El profesor Hans Asenbaum de la Universidad de Canberra destaca tres libertades inherentes al anonimato en estos regímenes; la inclusión, la subversión y la honestidad en la manifestación de las ideas.
A lo largo del filme puede apreciarse como el jurado número ocho ejerce, en el debate con sus pares, esas tres libertades; la inclusión, para conducir su disidencia en condiciones equitativas; la subversión, para cuestionar las convicciones mayoritarias, y la honestidad para exponer las propias sin temor a represalias institucionales, más allá de los conatos de gresca con el jurado número tres.
Ahora bien, estas tres libertades deben estar provistas de contenido argumental; no es la sola intervención para efectos simplemente numéricos o procedimentales —algunos jurados, al justificar el sentido de su voto, confiesan solo haberse pronunciado conforme a la mayoría—, debe tratarse de una participación letrada, producto de la reflexión frente a los hechos, capaz de sostener una idea —la duda razonable, en este caso— ante quienes conservan percepciones divergentes. En las repúblicas democráticas, las ideas deben fluir antes que los votos.
Para Robert Dahl, profesor de la Universidad de Yale, a la democracia no le bastan los votos; demanda también de lo que denomina comprensión ilustrada, esto es, de la posibilidad efectiva de que cada ciudadano cuente con oportunidades equitativas, libres y efectivas para informarse sobre las políticas alternativas y sus posibles consecuencias, antes de manifestarse en las urnas.
La comprensión ilustrada requiere, a su vez, de un entorno político que facilite a los electores abrevar de fuentes alternas de información que le permitan analizar los hechos desde otras perspectivas, cotejar propuestas y formarse una opinión razonada respecto de las decisiones sobre las que han de pronunciarse.
En las democracias liberales, la comprensión ilustrada no es un fin en sí, es una condición necesaria para que los ciudadanos puedan tomar decisiones informadas a fin de incidir en la agenda pública, que es una de las más claras manifestaciones del poder en política.
En contrapartida, una participación sin posibilidad alguna de influir en la agenda pública es un mérito democráticamente insustancial. El voto secreto, como comunión entre ciudadano y régimen democrático, pierde sentido no solo cuando se coacciona en su emisión o se le tergiversa en el resultado, también lo hace cuando se le utiliza para intentar legitimar procesos antidemocráticos.
El voto sólo tiene sentido cuando se emite en un entorno que privilegia la argumentación y el diálogo, que facilita la construcción de decisiones razonadas, producto de la comprensión y el cotejo de información, y dirigidas a incidir en la agenda política; en caso contrario, es un voto vacío, proveniente de un electorado alienado, que solo sirve como decorado en la consolidación de un régimen autoritario.
En julio de 1983 fue estrenada "Zelig", escrita, dirigida y protagonizada por Woody Allen; película en la que la alienación fue presentada con la técnica del falso documental, sobre un individuo con la camaleónica capacidad de mimetizarse con quienes interactuaba.
Allen mezcla metraje de tomas de eventos históricos con secuencias actuadas, tanto por figurantes como por personajes reales como el premio Nobel de Literatura, Saul Bellow, la escritora Susan Sontag o el psicoanalista Bruno Bettelheim, quienes, interpretándose a sí mismos, son entrevistados sobre el extraño caso de Leonard Zelig, lo que agrega una capa a la sensación de incertidumbre sobre los hechos narrados.
El filme está rodado en tiempo presente, pero se refiere a sucesos acaecidos en el periodo entreguerras. No sólo por ese contexto, sino por el trasfondo de la cinta, son constantes las referencias a los regímenes colectivistas que emergieron en la primera parte del siglo XX; en algunas sesiones de hipnosis, por ejemplo, Zelig aparece con el brazo izquierdo levantado y la mano extendida, aludiendo tanto al saludo fascista como a los movimientos comunistas.
Conforme la trama avanza, la inusitada condición de Zelig se complica al punto de la evasión, encontrando, él, asilo en el entonces emergente régimen nacionalsocialista alemán. El fascismo —como cualquier otro colectivismo— le da a este personaje la oportunidad de alienarse a un vasto movimiento que prescinde de cualquier atisbo de individualidad.
La historia ficticia de la alienación de Zelig, presentada con la pretendida veracidad de un documental, confronta la ilusión de la "voluntad" emanada de un supuesto pueblo auténtico y que, sólo por ello, es intrínsecamente buena y sabia, pero que —como lo ha denunciado Luigi Ferrajoli— ha sido trágicamente desmentida por los totalitarismos del siglo pasado que, si bien, gozaron de un consenso mayoritario, representaron el suicidio de sus respectivas democracias.
Esa ilusión está basada en la falsa concepción del pueblo como entidad monolítica, cuya voluntad sólo puede ser interpretada por el líder. En tal falacia, la ciudadanía pierde el poder de mandato y queda relegada, como acusó Umberto Eco, a únicamente desempeñar el papel de "pueblo" como mero montaje teatral.
En democracia, el anonimato no implica dilución de la personalidad ni renuncia a la capacidad de discernimiento a favor de una entelequia colectivista; por tanto, cuando se manipulan los procesos originariamente democráticos para acotar el cotejo de información, el intercambio de ideas y la posibilidad efectiva de incidir en la agenda política, la abstención en tales procesos no solo es un acto de protesta, es también una razonada toma de decisión.


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