Al servicio secreto del régimen


Alerta: Espóileres.


Eric Arthur Blair, mejor conocido como George Orwell, se le atribuye haber afirmado que toda obra de arte es propaganda, pero no toda propaganda es una obra de arte; y, a ello, el cine no ha sido ajeno. Sergei Eisenstein entregó, con “El acorazado Potemkin” (1925), no solo una de las obras fundacionales de la técnica del montaje, sino también una producción propagandística para el régimen soviético. En “El triunfo de la voluntad” (1935) Leni Riefenstahl documentó el congreso nacionalsocialista alemán efectuado en Núremberg, con tal resultado que cabe preguntarse, como lo ha hecho Benjamín Rivaya, profesor de la Universidad de Oviedo, si la directora había sido capaz de hacer creer al público el mensaje, sin ella creerlo a la vez.

 

En México, los gobiernos emanados de la Revolución también usaron al cine con fines divulgativos. El preludio de la Segunda Guerra Mundial abrió un periodo de apogeo, conocido como la “época de oro del cine mexicano” que, entre otras cosas, permitió avivar la narrativa legitimadora del régimen posrevolucionario entre su base popular, organizada en estructuras corporativas a través de las que se encauzaba el acceso a programas sociales, mayormente de corte asistencialista, lo que generó una relación de dependencia entre el gobierno y los beneficiarios; dichos programas, sin embargo, eran meros paliativos que mantenían a la población en condiciones de vulnerabilidad, lo que facilitaba su movilización electoral. La persistencia de la pobreza fue, así, un medio para la estabilidad política del régimen, por lo que su narrativa legitimadora requería de la exaltación de esa precariedad para su propia subsistencia.

 

Para ello, el gobierno mexicano buscó fungir no solo como promotor del séptimo arte, sino también como guía de su contenido que, en esa época dorada, se enfocó en pocos géneros; en comedias rancheras como “Allá en el rancho grande” (1936), de Fernando de Fuentes; “Los tres García” (1947) y “Dos tipos de cuidado” (1953), ambas dirigidas por Ismael Rodríguez, o en melodramas urbanos, como “Nosotros, los pobres” y “Ustedes, los ricos”, también dirigidas por Rodríguez y estrenadas en 1948, con apenas seis meses de diferencia.

 

Desde la secuencia inicial de la primera película de esa bilogía, protagonizada por Pedro Infante, es claro su cometido como apología de la pobreza. Los títulos de ambos filmes, por su parte, sostienen la contraposición schmittiana de “nosotros” frente a “ustedes” que se desenvuelve en sus respectivas tramas, con la constante confrontación entre las virtudes presuntamente inherentes a la pobreza, como la honradez, la inocencia y la fortaleza de espíritu, frente a los vicios propios de la riqueza, como la corrupción, la perversidad y la pusilanimidad.

 

El fin de la Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción de Europa abatieron a la “época de oro del cine mexicano”, sin que éste haya aprovechado la ventaja que tuvo por más de quince años para desarrollar una industria competitiva, por el contrario, se atuvo a leyes proteccionistas y financiamiento público, que resultaron en meros paliativos que le dejaron en condiciones de vulnerabilidad —sobre todo frente a un mercado internacional cada vez más competido—, lo que estimuló la injerencia del régimen, así como el desarrollo de relaciones de interés entre los miembros del séptimo arte y los del gobierno en turno.

 

Esa afinidad puede entreverse, por ejemplo, en la etapa a color de la filmografía de Mario Moreno “Cantinflas”, sobre todo en las cintas en las que intervino en el guion, como en “Su excelencia” (1967), dirigida por Manuel M. Delgado, estrenada en la antesala de los juegos olímpicos celebrados en la Ciudad de México, en la que hizo eco a las pretensiones del gobierno de enaltecer su posición ante la comunidad internacional. “El señor doctor” (1965) es prácticamente un anuncio publicitario del Instituto Mexicano del Seguro Social de 113 minutos de duración y, tanto en ésta, como en “El profe” (1971), la construcción de hospitales y escuelas solo se entiende como graciosa concesión del poder. La secuencia final de esta última puede verse, además, como una versión infantilizada de las purgas estalinistas, en la que, al grito de “mi amigo el gobernador, que es la verdadera justicia” (sic), los acusados, o consienten las imputaciones o callan frente a ellas, sin reparar que no es justicia a la que se accede cuando solo se apela a la merced de un caudillo más poderoso que el que es acusado.

 

Durante el sexenio echeverrista (1970-1976), en particular, la industria pasó, de a poco, a depender completamente del gobierno, al punto que, para 1975, éste llegó a definir la temática abordada, apegada a una retórica que pasó de la exaltación de la pobreza a la crítica a cualquier valor distinto a los del credo revolucionario. En ese periodo, “Cantinflas” protagonizó y coprodujo “El ministro y yo” (1976) que, junto con sus dos últimas películas, “El patrullero 777” (1978) y “El barrendero” (1980), fueron meras arengas de moralina, en cuyas tramas la burocracia y las clases acomodadas —viciadas e indolentes, estaban ávidas por recibir lecciones éticas del mimo que se asumía como guía y portavoz del pueblo bueno y sabio.

 

En esos dos últimos años de aquel periodo gubernativo, algunos creadores fueron particularmente fecundos como, por ejemplo, Felipe Cazals, quien en apenas nueve meses estrenó tres de sus filmes más representativos; “Canoa”, en marzo de 1976; “El apando”, en agosto, y “Las Poquianchis”, en noviembre. Esta última, supuestamente basada en hechos reales, pero convenientemente exacerbados, tanto para sobrexplotar el morbo engendrado por algunos medios impresos en la cobertura del caso, como para encajar un folletinesco alegato a favor de la reforma agraria, relanzada por el presidente Echeverría. Respecto a “Canoa”, en su comentario a la cinta, el escritor Jorge Ibargüengoitia señaló que ésta pasaría “a los anales de este régimen como el primer fruto dorado de la nueva estrategia cinematográfica” y agregó; “Tómese nota: una película de denuncia relacionada con los acontecimientos de 1968 presenta como culpable a un cura de pueblo y como salvación a los granaderos.” Tómese nota también que, durante tales acontecimientos, Echeverría era el secretario de Gobernación del presidente Díaz Ordaz, a cuyo cargo estaba la Dirección Federal de Seguridad, la policía política del régimen.

 

Cazals estrenó su última producción en 2013, “Ciudadano Buelna”, filme biográfico elaborado por explícito encargo del gobierno del estado de Sinaloa, cuyo trailer promocional remata con una declaración, a voz en cuello; “esto es una mentira histórica”.

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